Nació en Valencia en 1908. Su padre fue Antonio Ballester Aparicio, escultor imaginero y profesor de la Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia. Su madre fue Rosa Vilaseca Oliver, modista. Varios de sus hermanos también destacaron en las disciplinas artísticas, como Antonio (Tonico) Ballester en la escultura y sus hermanas Josefina y Rosita en el grabado.

Con tan sólo catorce años, ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos matriculándose en la especialidad de pintura, cuando todavía la presencia de mujeres era escasa y excepcional. Durante sus estudios, obtuvo un premio de retrato con cuantía económica, y haciendo caso a los consejos paternos, realizó un viaje a Madrid. En el Museo del Prado Manuela entró en contacto con las obras de Velázquez, a quien ella siempre consideró su maestro. En 1928 se graduó en la Academia concluyendo así su etapa formativa.

Tras su graduación, Manuela Ballester comenzó su andadura profesional realizando diversos trabajos de diseño de figurines de moda. También comenzó a colaborar con trabajos gráficos en la revista valenciana Estudios, una revista orientada intelectualmente hacia el anarquismo, que en su parte gráfica tuvieron una importancia decisiva Manuel Monleón y Josep Renau.

El 20 de octubre de 1929 se publicó como portada de la revista Blanco y Negro un cartel diseñado por Manuela Ballester, al haber ganado el concurso convocado por dicha revista. Ese mismo año participó en la Exposición de Arte de Levante y en la organización del Pabellón de la II República en la Exposición de París de 1937, en la que además participó con obra propia.

Manuela Ballester destacó ampliamente en la ilustración de revistas y libros en sus comienzos artísticos ilustró, principalmente libros de cuentos destinados al público infantil. Años más tarde, durante su etapa en el exilio mexicano, sus ilustraciones enriquecieron las obras de los escritores que también compartieron el exilio y la añoranza por la patria y los ideales políticos perdidos.

Retrato de sus hermanas Rosa y Fina (1929)

A los veintiséis años contrajo matrimonio con Josep Renau, a quien había conocido durante los estudios de ambos en la Academia de Bellas Artes de Valencia y que llegó a ser director general de Bellas Artes durante la Segunda República. Durante la Guerra Civil española dirigió la revista «Pasionaria, revista de las mujeres antifascistas de Valencia».

Desde Barcelona, una vez terminada la contienda, Manuela escapó hacia Francia cruzando a pie por los Pirineos en compañía de su madre, sus hermanas y sus hijos, y llegaron al campo de refugiados d’Argelès-sur-Mer. Pudo emigrar a México gracias a una expedición organizada por la Junta de Cultura Española a bordo del vapor holandés Veendamm II desde el puerto de Saint-Nazare hasta Nueva York.

En México desarrolló una intensa actividad artística en forma de retratos, carteles cinematográficos y moda. También colaboró y participó de manera directa en obras públicas como los famosos murales del Casino de la Selva, en Cuernavaca. Se incorporó al equipo encabezado por Siqueiros para realizar el mural Retrato de la burguesía; sin embargo, fue ella y Renau quienes lo terminaron tras la detención de Siqueiros.

Sus últimos años fueron tristes. El matrimonio iban mal desde hacía mucho tiempo atrás, Manuela llevaba todo el peso de la casa y de la familia, y estuvo dudando mucho abandonar México, de hecho se marchó un año después de Renau.

Portada de la revista Blanco y Negro (1929)

Acabó yéndose a Alemania por la educación patriarcal recibida desde la cuna. Instalada en Berlín tuvo problemas de comunicación, no sólo porque no dominaba la lengua, también porque había dejado atrás a familia y amigos para seguir a su marido, que había decidido seguir su trayectoria teórica y práctica de fotomontajes, conferencias y murales al aire libre. Manuela se convirtió en ama de casa y las cosas en el matrimonio comenzaron a ir mal y en 1962 se separaron. Manuela murió en Alemania en 1994.

Según consta en el catálogo de la exposición “Dibujantas”, comisariado por Josefina Alix y Marta Gonzalez Orbegozo, Manuela Ballester tuvo que afrontar muchos obstáculos, el primero, el mero hecho de ser mujer y por lo tanto, nacida para ser esposa, ama de casa y madre, bajo la tutela de padre, hermanos y marido. El segundo, ser feminista, militante política de izquierdas y por lo tanto, engrosar las filas de los vencidos en la guerra civil con el posterior exilio. El tercero, ser la mujer del artista-dios José Renau, eminente artista, sin duda, líder y factótum de la vanguardia valenciana, todopoderoso Director General de Bellas Artes en el gobierno de Juan Negrín, autor del encargo a Picasso del Guernica, uno de los grandes organizador del Pabellón Español en la Exposición Internacional de París de 1937, con una personalidad tan arrolladora que la figura de su esposa quedaba, inevitablemente, relegada a «la mujer de».

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