Nací en Pamplona en 1951. Aquellos cincuenta no eran buenos tiempos porque todavía estaba cercana la guerra, que además había marcado a mi familia, aunque no hubo muertos. Todos volvieron a casa, pero lo hicieron enfermos y con el espanto en su memoria.

Mi padre nació en Corella (Navarra), en una familia con recursos, que menguaron seriamente con los vaivenes políticos. Eran carlistas. Mi madre en Mendigorría (también Navarra), en el seno de una familia con muchos hermanos y pocos caudales y con el correspondiente apodo: “Los Farineros”.

Mis padres, después del cortejo reglamentario y una vez garantizado su trabajo como funcionario de la Diputación Foral, se casaron en el altar de San Fermín en 1948. Mi madre de negro y con zapatos topolinos. Mi padre, con traje claro de mil rayas. Pronto llegaron los hijos. Mi hermano Carlos primero, y dos años después nací yo. Cuando tenía sólo cinco años, murió mi hermana pequeña. Dos años después de su desaparición, nació mi hermano José Luis, afortunadamente, aquel hermano tan mal recibido por mí fue, sin embargo, un bálsamo, un compañero de juegos generoso y fácil, tímido, cariñoso, estudioso, leal y valiente. Llegó a ganar dos premios de escultura de ámbito nacional. Cuando tenía 16 años, murió escalando en la montaña. Fue en Candanchú (Huesca). Su desaparición significó otro durísimo golpe para todos.

Mi padre, que había vuelto enfermo de sus avatares bélicos en el Tercio del Rey, fue empleado subalterno de la Diputación Foral de Navarra, antes que arriesgarse a seguir adelante con una empresa de construcción que había iniciado con un amigo en 1934. Y esa decisión, o lo que es lo mismo, su destino como funcionario fue definitivo para todos, porque le nombraron conserje del Museo de Navarra. Ese Museo fue, físicamente, nuestra casa. O mejor, nuestro hogar. Algo muy sustancial en la forma de vida y para la educación de unos niños que pudimos disfrutar –desde la primera infancia– de un entorno excepcional.

El Museo, uno de los centros culturales de una Pamplona que no contaba todavía con muchos medios, fue para mi padre como su casa. Conoció a personajes y artistas importantes que visitaban el Museo, a los que respetaba y de los que hablaba en casa.

Me casé joven con una persona excepcional, Carlos Esparza, sin cuyo apoyo incondicional e infinita paciencia, no hubiera podido seguir la trayectoria profesional que he tenido. Tuvimos tres hijos: Cecilia, Carlos e Irene. La maternidad ha sido una de las experiencias más apasionantes de mi vida, porque me la ha mostrado con todas sus caras y ha hecho posible una instrucción y una forma de pulir el carácter y la visión de las cosas, insustituible. Mis hijos significan un amor inquebrantable, fundamental, y una satisfacción íntima que no creo que haya ninguna posibilidad de explicar.

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En el Museo de Navarra había un piano, un gran piano de cola marrón. Un Erard francés con marquetería en el atril. Para mí, un espléndido mueble que presidía un precioso salón de actos y que de vez en cuando, milagrosamente, sonaba.

Aquello me fascinaba, y además estimulaba mi curiosidad el hecho de que mi padre no me dejase tocarlo, ni siquiera descubrir el secreto que escondía aquella tapa que algunos privilegiados podían manejar. En cualquier descuido, llegaba hasta allá y abría sigilosamente la tapa, pero sólo lo necesario para que un dedo infantil alcanzara a deslizarse por las teclas comprobando que sonaban. Me parecían algo extraordinario, sobrenatural, porque hacían algo apasionante: música. Y me gustaba tanto…

Tenía 6 años cuando le dije a mi padre que quería ser músico, que quería ser como los que venían a tocar. Y todo fue encanto y magia. Feliz por mi entusiasmo, mi padre recogió un piano que un sacerdote de la Casa de Maternidad de Pamplona iba a tirar como trasto viejo, y con toda la ilusión imaginable, retiró todos los muebles de una habitación, subió el piano viejo a casa y lo desmontó marcando una por una todas las piezas (martillos despiezados, teclas, muelles, tornillos… ¡un trabajo ingente!), en una especie de mecano gigante. Así, los miles de pequeños artefactos, empezaron a ser restaurados uno por uno. Primero el exterior (que incluía una preciosa marquetería frontal) y después, una vez rehabilitadas primorosamente todas las piezas, volvió a montar un instrumento que me sirvió durante los primeros años de mi aprendizaje. Nunca olvidaré el salto que dio en el momento que pudo comprobar que ¡funcionaba! Aquel milagro llegó a mi habitación. De día tocaba incansable. De noche, procuraba dejar una rendija de luz para mirarlo mientras me ganaba el cansancio. Ya, ni siquiera me importaba tener sólo dos hermanos.

Tuve un rendimiento, óptimo. Tanto, que prefería mis estudios musicales a cualquier cosa. Mi rebeldía siguió intacta y surgió la posibilidad de ir al conservatorio. Allá empezó todo. El entonces recién estrenado Conservatorio de Música “Pablo Sarasate” de Pamplona, dirigido por Fernando Remacha, fue una liberación y un mundo nuevo. Los años de conservatorio dejaron mis mejores recuerdos del paso de mi infancia a mi adolescencia y en el momento en que planteé a mi padre dejar el colegio hubo un gran disgusto, así que hicimos un pacto: hacerlos simultáneamente hasta conseguir un título “práctico”, examinándome en la Escuela de Altos Estudios Mercantiles que entonces estaba en Bilbao, pero a cambio, después podría elegir lo que yo quisiera.

Los buenos resultados académicos con la música y una llamada de atención de Fernando Remacha a mis padres apoyándome como candidata a la convocatoria de una beca de estudios para ir al extranjero, consiguieron que en casa dejasen de insistir. Definitivamente, sería músico. El sueño de mi padre era que yo llegase a ser universitaria ¡y doctora! Lamentablemente, nunca pudo saber que su sueño –que hice mío–, llegó muchos años más tarde.

Hubo un tiempo, siendo todavía muy joven, que compatibilicé mis músicas con otro trabajo. Mi padre tuvo razón y aquellos estudios que rechacé me permitieron lo que entonces era una osadía: ser autónoma y obtener así recursos para seguir estudiando… y para casarme. Después de los primeros años de maternidad, siendo mis hijos todavía muy niños, volví al conservatorio. Terminé entonces definitivamente mis estudios de composición e instrumento, pero la etapa como pianista había terminado y el tiempo de reflexión durante los años de estudio y esfuerzo personal, me llevaron a hacer preguntas que sólo podía responder profundizando en la materia. Quería entrar “dentro” de la música, comprenderla hasta las últimas consecuencias… así confirmé que el camino era la creación.

Además de ser siempre muy inquieta, mis vivencias en el Museo me habían acercado a todas las artes y también me permitieron entrar en su trastienda, siempre en torno a un mundo estético: talleres, pintores, escultores, montajes de exposiciones, ensayos… Pero entre todas las experiencias (que fueron muchas), destaca un evento que ha hecho historia: los Encuentros del 72, una magna fiesta/celebración del arte contemporáneo, que ha pasado a nuestra mejor historia. Los viví intensamente puesto que el Museo era una de sus sedes, y así abrí puertas a un mundo que todavía desconocía y que me impulsó a atisbar algo distinto.

Felipe VI entrega el Premio Nacional de Música 2017, Modalidad de Composición 

Allá conocí la vanguardia y a muchos artistas: John Cage, Alexanco, De Pablo, Bussoti, Morrás, Vaggione, Lugán, Lily Greeham, Chillida, Mariano Royo (con el que más tarde trabajé en un proyecto que quedó inconcluso por su desaparición),y tantos otros… El impacto tuvo su efecto, porque quise profundizar. Allá surgieron las preguntas… y empecé a intuir que el camino para cualquier respuesta era la composición.

 

Ya con mis títulos y en casa, dedicada a mis empeños familiares y creativos, un amigo, Tako Pezonaga, me propuso colaborar conduciendo la sección de música de unos Encuentros que, patrocinados por el Ayuntamiento, se celebraron en Pamplona en 1982. Ahí empezó mi trabajo de gestión. Fue un excelente aprendizaje. Trabajé mucho. Después me llamaron también para dirigir la sección de música de los Festivales de Navarra (Olite, 1983). Y aquella experiencia, que implicaba más responsabilidad fue magnífica, porque el trabajo intenso dio buenos resultados y tuve oportunidad de concretar iniciativas con las que había soñado. Fue una edición inolvidable para muchos artistas, muchos alumnos y todos los que formamos el equipo director.

Hago un paréntesis para recordar que por aquel tiempo recibí algún premio que me reforzó un poco, pero a los premios no les he dado mucha importancia ni han sido nunca una meta. He visto demasiados pretendientes a artistas, engreídos por su reconocimiento. Tenía razón uno de mis maestros cuando me decía que sólo los tontos no se recuperan de los éxitos.

Después de una intensa actividad, en 1988, el director del Conservatorio Superior de Zaragoza me llamó para que me incorporase a aquel Centro como profesor especial interino de composición. Acepté, y en 1990, decidí opositar en Madrid para obtener mi plaza en propiedad. Fue una oposición “de las de antes”, un reto durísimo que duró treinta días. Nunca lo había conseguido antes una mujer, así que fui la primera en obtener esa cátedra. Estuve en Aragón desde 1988 hasta 2004 y después de ocupar muchos puestos de responsabilidad (Vicedirectora, Jefe de Estudios, Jefe de Departamento…) me trasladé a Madrid, ocupando una cátedra en el Real Conservatorio Superior de Música de esa ciudad donde actualmente resido.

Siempre he aprendido mucho y he disfrutado con la docencia, a pesar de las enormes dificultades que –para mí–, tiene un trabajo de esa naturaleza: ¿se puede enseñar a crear?… otra vez una de esas preguntas que merecen un ensayo para esbozar alguna respuesta. Mención especial en la función docente, merecen mis doctorandos, de los que sólo puedo decir que son verdaderamente extraordinarios. A ellos les debo el impulso y la ilusión de seguir adelante con la investigación (generalmente en torno a técnicas y sistemas compositivos) y les agradezco todo lo que me enseñan cada día con un entusiasmo que rejuvenece y obliga.

Los dos primeros años como funcionario (1990-1992), los dediqué a poner en marcha un conservatorio. Fue en Tarazona (Zaragoza), fue una experiencia profesional exigente, que me obligó a un trabajo formidable y constante, pero como corresponde a estos retos, también aprendí mucho y fue muy satisfactorio terminar esa etapa después de dos años para volver a Zaragoza, dejando el inolvidable Centro de esa bella ciudad funcionando muy bien.

Estando en Tarazona conocí Veruela, un monasterio magnífico en el que había cierta infraestructura (aunque algo precaria) y alguna actividad cultural. Se me ocurrió que era un lugar perfecto para celebrar cursos de composición porque sus condiciones de aislamiento y austeridad lo hacían idóneo para concentrarse en el trabajo. Fue una etapa extraordinaria, en aquellos cursos, tuve oportunidad de conocer y trabajar junto a compositores de primera línea, que aceptaron asistir huyendo de la idea clásica de los cursos convencionales que operan con la filosofía de esta es mi obra y pongo aquí un fa por alguna inteligente razón… (que luego se descubre o no).

Mi vida profesional ha tenido un ritmo constante y ahora me doy cuenta que saturado. Quizá sea interesante mencionar el privilegio de haber sido invitada por el conservatorio Tchaikovsky de Moscú, para impartir un curso en la Cátedra de Composición en 1992, entre otros impartidos en Universidades, conservatorios, instituciones…

En 1999 inicié un Master sobre Estética y creatividad musical en la Universidad de Valencia. Fue una etapa de nuevo muy esforzada pero muy interesante. Compartí clases con compañeros excelentes y disfruté de buenos profesores. Entonces, las leyes ya reconocían nuestros títulos superiores como licenciaturas y teníamos acceso por tanto a doctorados. Vuelvo aquí al sueño de mi padre: que alcanzase el grado de doctor. Nunca lo pude explicitar, pero la emoción que me embargó el día que me impusieron la insignia doctoral, reveló la fijación infantil que mi padre dejó sembrada. Y cumplí su sueño… que había hecho ya mío. Estoy muy orgullosa por haberlo conseguido. Y se lo dediqué.

Mi música –como todas las músicas–, se explica sola y sólo cuando se escucha, porque el compositor la crea, pero se convierte en criatura autónoma, y por tanto, ella misma es. Naturalmente, como en cualquier sistema de comunicación, uno –si puede– propone, y otro –si quiere y si puede– comprende. Ese es el juego, y pretender usurpar funciones, no parece una buena idea. Por esta razón, además, tampoco quiero entrar en justificaciones que no mejoran el contenido de una realidad que se muestra descarada: el tiempo y la memoria insertos en el sonido según una regulación que yo decido, es decir, no puedo explicar la música.

Para mí la música es lenguaje, es mundo, pero un mundo suyo con sus propias leyes y su propia expresión… intangible, inaprensible desde el verbo, pero con la cualidad de alterar nuestra psique, penetrándola y desatando sensaciones que pueden llegar a alterar incluso el equilibrio del funcionamiento de nuestro sistema químico. Pero tiene límites, y los ponen nuestro interés, nuestra sensibilidad y nuestra cultura. La música propone y cada uno establece dónde reconoce vida y cómo esa vida nos inunda, nos transforma o es sólo un pretexto para crear un vacío en el que acomodarse como en un limbo salvador.

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Teresa Catalán ha sido galardonada con La Encomienda de la Orden al Mérito Civil, es Académica JAKIUNDE, Academia de las Ciencias, las Artes y las Letras del País Vasco, Navarra y Aquitania, Miembro del Consejo del Ministerio de Cultura, Miembro del Consejo del Teatro Real… y Premio Nacional de Música 2017, Modalidad de Composición son cosas que no son frecuentes en  una mujer compositora.

A modo de ejemplo incluyo un enlace a uno de sus trabajos orquestales
https://www.youtube.com/watch?v=2ZoNT4OuYpg